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PINTURA. LOS ICONOS

La palabra icono proviene del griego: “Eikon” que significa imagen. En la historia del arte se reserva éste término para una clase de pintura, frecuentemente portátil, de género sagrado, hecha sobre una placa de madera con una técnica especial y de acuerdo con una tradición secular. En él se representan histórica y fidedignamente los acontecimientos sagrados. Se pinta a Cristo, a la Virgen María, ángeles, santos y otros temas religiosos. En ellos se refleja la imagen de un hombre purificado, deificado, revestido de la belleza incorruptible del Reino de Dios, de una persona humana que ha llegado a ser un icono viviente de Dios. El icono es la Palabra de Dios plasmada en pintura; hace misteriosamente presente a la persona que representa y la realidad de esta presencia se basa en el parecido con su prototipo.

Los iconos no pueden compararse con otras obras de arte en el sentido habitual de esta palabra. Los iconos no son cuadros. Los cuadros, con sus rasgos y colorido, hablan de los hombres y de los acontecimientos de la realidad concreta. A partir del Renacimiento, la vida y la naturaleza se expresan en cuadros con imágenes en tres dimensiones, imágenes que narran el mundo de los hombres, de los animales, de la naturaleza y de las cosas. E, incluso, si el tema se toma de la mitología, se traduce en la lengua de las imágenes terrestres.

La pintura de los expresionistas y el arte abstracto están llamados, en cambio, a expresar las emociones del pintor, emociones que cambian y transforman las proporciones de los acontecimientos y de las cosas y las relaciones del color entre unos y otras, deforman las cosas hasta que no se reconocen o bien prescinden del todo de sus imágenes. Pero también en este caso los distintos experimentos del colorido y el modelado no llevan a los espectadores a otro mundo, a otro espacio y época, a diferentes valores.

Esta misión en la historia de la cultura humana le ha tocado en suerte a los iconos. Estos no representan, sino que constituyen propiamente otro mundo. Y lo hacen con medios de representación especiales, encontrados en el transcurso de muchos siglos.

También el color de los iconos desempeña un papel significativo: el de un lenguaje simbólico que debe expresar, no el color de las cosas, sino su luminosidad y la de los rostros humanos, iluminadas por una luz cuya fuente se encuentra fuera de nuestro mundo físico. Los espacios dorados de los iconos encarnan esta luz no terrestre, y el fondo dorado simboliza el espacio que “no es de este mundo”. En los iconos no hay sombras, porque en el reino de Dios todo está lleno de luz.

Los iconos tampoco pueden examinarse como si fueran cuadros. En ellos no sólo no se encuentra el espacio habitual, sino que tampoco existen acontecimientos vinculados con las relaciones naturales de causa y efecto. El icono es una ventana abierta a un mundo de otra naturaleza, pero esta ventana se abre sólo para quienes poseen una visión espiritual.

Para poder aproximarse a la comprensión de los iconos es preciso verlos con los ojos del creyente, para el cual Dios es una realidad indudable. Una realidad omnipresente que subyace detrás de todo acontecimiento, un invisible espectador y juez de cuya mirada ya no puede esconderse en ninguna parte.

Los cánones y métodos de creación de los iconos se han formado en el transcurso de muchos siglos, incluso antes de que se interesaran por ellos en la antigua Rusia (como la conocían sus habitantes). Las tradiciones de la iconografía llegaron a la antigua Rusia al mismo tiempo en que se aceptó el cristianismo de Bizancio a finales del siglo X.

El arte bizantino de aquella época tenía carácter religioso y estaba sometido a cánones severos. La regulación de la iconografía era resultado de largas discusiones y luchas, unidas a la iconoclasia. Una de las más importantes causas de la iconoclasia se encontraba en la presión ideológica y militar que ejercían los musulmanes sobre el imperio bizantino. En el Islam, la prohibición de venerar ídolos (entre los que los musulmanes incluían también la cruz y los iconos) llegó a ser absoluta.

En el año 730, el emperador bizantino León III prohibió el culto de los iconos. Antes de ser emperador, había trabajado mucho en las provincias orientales del Imperio y se encontraba bajo la influencia de los obispos de Asia Menor, los cuales, influidos a su vez por el Islam, pretendían purificar la religión cristiana de todo elemento material, sensual y no espiritual. Muchos iconos, mosaicos y frescos fueron destruidos. Pero la veneración de los iconos no se detuvo, más bien continuaba aunque sus seguidores eran cruelmente perseguidos. El culto de los iconos fue readmitido de forma temporal en el año 787 en el VII Concilio Ecuménico, y definitivamente en 843.

Uno de los defensores autorizados de la veneración de los iconos fue uno de los más grandes teólogos y políticos: Juan Damasceno (675-alrededor de 750), cuyos argumentos ejercieron influencia en las decisiones del VII Concilio Ecuménico. Juan Damasceno enseñaba que la prohibición del Antiguo Testamento acerca de hacer imágenes de Dios tenía un carácter temporal: “En la entigüedad, nadie hacía imágenes de Dios. Pero ahora, después de que Dios se ha manifestado en la carne y ha vivido en medio de los hombres, hacemos imágenes del Dios visible. No hago la imagen de la Divinidad invisible: hago la imagen del cuerpo de Dios que he visto...”. Juan Damasceno escribió que Dios había venido para los hombres en su Hijo Jesúcristo, que entra en el mundo de los hombres y acepta el cuerpo humano: “porque teníamos necesidad de lo que es semejante a nosotros”.

Lo visible no transmite la esencia del Dios inconcebible. Pero, igual que el cuerpo tiene su sombra, también cada original tiene su copia: “el icono es recuerdo”. Y como la Sagrada Escritura es una representación verbal, una imagen de la historia sagrada, también los iconos son representación suya, pero no verbal, sino hecha con los toques del pincel y con los colores. Por eso el icono -imagen- no es una copia de lo que se representa, sino el símbolo con cuya ayuda podemos alcanzar la comprensión de lo Divino. El icono desempeña el papel de místico mediador entre el mundo terrestre y el celeste. Así se ha delimitado el sentido de la iconografía.

El VII Concilio Ecuménico exige a los pintores de iconos, durante el proceso de pintura de la imagen, que sigan estrictamente los cánones de la iconografía, los cuales regulan tanto el carácter como el modo de representación de las escenas religiosas y las personas de los santos. Se explica así el hecho de que los iconos son portadores y conservadores de la tradición eclesial. Por ello, la infracción del canon iconográfico y la deformación de la tradición se consideran herejías.

LA PERSPECTIVA INVERTIDA

La comprensión de los iconos puede resultar difícil visto el especial modo de representar el espacio, las personas y los objetos que en este espacio se encuentran. Miramos los cuadros con ojos “occidentales”, y las cosas representadas en ellos nos parecen iguales a lo que vemos a nuestro alrededor. Esta “verosimilitud” de la pintura europea se alcanza gracias al uso de la perspectiva lineal. La ciencia de la perspectiva nació en el siglo XIII y ha desempeñado un papel importantísimo en el destino de la historia europea.

El primer pintor que creó sobre la superficie la ilusión del espacio tridimensional fue el italiano Giotto (1267-1332).

Una clara ilustración de ello la encontramos en los frescos de la capilla Scrovegni en Pádua: “La Anunciación a Santa Ana” y “El Nacimiento de María” (1305-1313). La pareja de justos, Joaquín y Ana, no tenía hijos. Un día, un ángel se apareció a Ana y le anunció que alumbraría una hija, que llegaría a ser la Madre de Dios. Y Ana dio a luz a María.

Veamos cómo ha representado Giotto todo esto. Ha mostrado correcta y geométricamente bien la parte interior de la casa de Ana. Antes de Giotto, las partes interiores de las casas en los cuadros, frescos e iconos no existían. Las personas de la acción aparecían sobre el fondo de un edificio o de una montaña con una gruta. Se sobreentendía que la acción descrita sucedía dentro de tal edificio. Para mostrar la parte interior, la pared más próxima al espectador está como sacada del fresco. Se ofrece la sección de la casa. Tal representación de la parte interior de la casa es una gran novedad aportada por Giotto. Es un modo valiente de abandonar la tradición establecida. Según la grandeza de los objetos representados (bancos, baules), puede deducirse la grandeza de la estancia en la que sucede la acción.

Giotto construía el espacio de sus frescos como si estuviera hecho de transparentes centímetros cúbicos. Este era el primero y más importante paso en el camino hacia la concepción aritmética del espacio. La geometría analítica, cuyos fundamentos fueron colocados por el filósofo y matemático francés René Descartes (1596-1650), habría nacido, sin duda, mucho más tarde si no hubiera existido el hallazgo de Giotto.

Contemplemos otra vez los frescos de Giotto. El ángel vuela a través de una pequeña ventana. Un ángel incorpóreo no necesita de ninguna abertura o de una ventana para su aparición. El ángel de Giotto tampoco pasa con tanta facilidad por la ventana, sino que lo hace con dificultad, como si la ventana fuese demasiado pequeña, y así a los ojos de los espectadores adquiere casi una corporeidad física. De esta forma, Giotto “hace aterrizar” el milagro, buscando alcanzar la verosimilitud de la representación.

La traducción de la tradición cristiana a la lengua de los cuadros terrenales y el descubrimiento de la perspectiva lineal son el principio de una era nueva del arte europeo: la era del realismo.

La relación de los pintores de iconos con el espacio era totalmente diferente. El espacio “que no es de este mundo” se indica en los iconos generalmente con el fondo de color dorado continuo, en cambio los objetos y su respectiva composición se presentan en la denominada perspectiva invertida.

Trataremos de aclarar la naturaleza y las características de la perspectiva invertida. Es más antigua que la lineal. Los pintores de iconos estaban convencidos de que la mirada humana no es perfecta, de que no podemos fiarnos de ella por su naturaleza carnal. Por tal motivo, estos pintores representaban el mundo no tal como lo veían, sino como de hecho es, utilizando no la experiencia de la vida terrenal, sino los dogmas de la fe. Los autores de los primeros esfuerzos en la perspectiva lineal, Ibn al Haisam y C. Vitelo, consideraban la reducción de las medidas de los elementos, según la creciente lejanía de ellos del espectador, un engaño de su vista. A pesar de ello, la geometría de la perspectiva lineal (la reproducción del “engaño de la vista”) resultaba cómoda y fue asimilada con el tiempo por los pintores europeos. Los pintores de iconos ortodoxos, en cambio, se mantienen fieles a la perspectiva invertida.

Ya hemos indicado que el icono es una ventana al mundo santo, sagrado, y que este mundo se abre ante la persona que lo mira. El espacio de este mundo tiene características diferentes de las del espacio terrestre, no accesibles a la vista carnal y no explicables con la lógica del mundo de aquí. Sobre el diseño se da el esquema de la construción del espacio que se alarga. Se crea la perspectiva invertida: también los objetos se hacen más grandes cuanto más se alejan del espectador.

 No podía existir un respeto riguroso del esquema: el mundo en los iconos sólo está delineado por los símbolos de los objetos y las personas, y a menudo se encuentran “errores” de representación. La perspectiva invertida y sus características están claramente expresadas en el icono de la “Deposición en el sepulcro”. En el primer plano del icono se representa el sepulcro, con el cuerpo de Cristo, envuelto en un sudario, dentro de él. La Madre de Dios se inclina sobre él, juntando su rostro al del Hijo. A su lado, también el discípulo amado por el Maestro se inclina ante su cuerpo: es Juan Evangelista, que, apoyando el mentón en la mano, mira con dolor el rostro de Jesucristo. Detrás de Juan, en postura de aflicción, están representados José de Arimatea y Nicodemo. A su izquierda, las mujeres que han traído los óleos.

Esta escena llena de dolor aparece sobre un fondo de “colinas de icono” pintadas en perspectiva invertida: estas colinas se esparcen radialmente “en profundidad”. La perspectiva invertida crea aquí un efecto excepcionalmente fuerte: el espacio se abre en longitud y en profundidad, a lo alto y a lo bajo, con tanta fuerza que lo que sucede bajo los ojos del espectador adquiere una dimensión cósmica. Las manos alzadas de María Magdalena parecen unir el lugar donde se encuentra el sepulcro del Señor con todo el Universo.

La atención del espectador es atraída, a través del sudario que resplandece con un candor no terrestre, hacia el cuerpo de Cristo envuelto en él, pero los detalles de las partes bajas de los vestidos de Juan Evangelista y de María Magdalena están pintados de tal modo que parecen llamas oscuras que se alzan sobre el fondo terso del omoforión (manto) rojo de María Magdalena. Las manos alzadas en postura trágica llevan tras ellas la mirada hacia lo alto, donde se extiende otro mundo. Pero los bordes de las colinas del icono descienden como rayos hacia el sepulcro, y hacen volver de nuevo la mirada al cuerpo de Cristo, centro del universo.

El laconismo y la expresividad hacen de este icono un ejemplo de síntesis entre oración y llanto, cuyas dolorosas palabras han adquirido rasgos y color y se han metido en la tabla del icono.

La perspectiva invertida no es una falta de habilidad en la representación del espacio. Los antiguos pintores de iconos rusos no aceptaron la perspectiva lineal cuando la conocieron. La perspectiva invertida conservaba su significado espiritual y era una protesta contra las seducciones de la “vista carnal”. Muchas veces la utilización de la perspectiva invertida también aportaba ventajas: permitía, por ejemplo, desarrollar las composiciones para hacer ver los detalles o las escenas “cubiertas” por ella.

EL TIEMPO

Para comprender los iconos es necesario saber cómo percibía y comprendía el tiempo la gente en el Medievo. Las diferencias de comprensión del tiempo en la Europa Occidental y en Bizancio se formaron en la época del Renacimiento, cuando Europa, a diferencia de Bizancio, inició el camino hacia una nueva concepción del mundo. En el año 1204, tras la conquista temporal de Constantinopla por parte de los cruzados, la separación de Bizancio de Europa se hizo aún más profunda e irreconciliable.

La diferente aproximación al concepto del tiempo ha delimitado la diferencia de referirse al mundo, a los acontecimientos que en él han tenido lugar, al papel del hombre en estos acontecimientos. Como consecuencia, han cambiado los objetivos y el sentido del arte representativo en Bizancio y en la Europa Occidental, hecho por el que se formaron de manera esencial diferentes modos de aceptación representativa, utilizados, respectivamente, por los pintores de la Europa Occidental y por los pintores de iconos de los países ortodoxos.

La época del Renacimiento suscitó la comprensión de la historia, separando la historia sacra de la secular. En las fuentes de la historia en cuanto ciencia están los grandes italianos: Francisco Petrarca (1304-1374), Leonardo Bruni (1374-1444) y Lorenzo Balla (1403-1457). Lorenzo Balla -autor de un celebre escrito “Sobre la belleza de hablar en latín”- tuvo como uno de sus objetivos el renacimiento del latín clásico, en el cual la filosofía, la retórica y el lenguaje eran inseparables. Y debió no sólo volverse a la herencia de la antigüedad, sino también seguir las causas del “deterioro de la lengua” y de la caída de la cultura en un “siglo bárbaro”. Esto condujo al descubrimiento de la retrospectiva historica y del tiempo histórico.

El tiempo comenzaba a ser referido al cambio, a la unión causa-efecto de los acontecimientos en su sucesión histórica. Nacía la concepción de la continuidad histórica, y en relación con todo ello apareció la comprensión de la profundidad del tiempo: la retrospectiva. El descubrimiento de la retrospectiva y del tiempo histórico coincidió, prácticamente, con el nacimiento de la ciencia sobre la perspectiva espacial y con el descubrimiento de la perspectiva lineal.

El reconocimiento de la localización espacio-temporal de los acontecimientos condujo al hecho de que en los cuadros de los pintores europeos desaparecieran las escenas donde algunos hechos que sucedían en diferente época se presentaban juntos. Así, en el fresco de Giotto de la “Natividad de María” vemos a una muchachita en dos lugares al mismo tiempo: en manos de la comadrona que está sentada en el suelo cerca del lecho y junto a la madre. Los ejemplos de esta clase son muchísimos.

La nueva relación con el tiempo y el nuevo pensamiento teológico que reconocía al hombre la liberdad de su volundad, a través de la cual se realiza el proyecto divino, dieron a luz un hombre nuevo: el hombre consciente de la acción. El hombre que crea su historia junto a los demás: la historia de su pueblo (Leonardo Bruni). Este hombre nuevo ha podido decir de sí mismo: “yo utilizo el tiempo, ocupado siempre en algún asunto, yo prefiero perder el sueño que perder el tiempo” (León Bautista Alberti, “Sobre la familia”).

Todo esto tuvo un efecto inmediato sobre el arte representativo. Los pintores comenzaron a estudiar el movimiento del cuerpo humano, los cambios de su aspecto exterior, condicionados por el estado de ánimo (ira, alegría, risa, dolor) o por los procesos de envejecimiento. En este campo se hicieron descubrimientos fundamentales: se comprendió el papel de los músculos y su especialización.

La concepción del movimiento como contradicción del equilibrio aportó nuevas formas de composición, como, por ejemplo, el desplazamiento del centro de gravedad del cuerpo, la representación sobre el cuadro del gesto no acabado, que era aceptado por el espectador como movimiento continuo. El hombre pasivo de la época gótica fue cambiado por otro hombre: el hombre que expresa libremente su voluntad. La prontitud en la acción, el movimiento, se representaba con los músculos tensos, con la expresión del rostro y de los ojos. Al mirar el cuadro esperamos la acción. Gracias a este esperar, el cuadro está vivo, en él se siente el latido del tiempo.

En la Europa oriental -en Bizancio y en la antigua Rusia se conserva en cambio la concepción primitiva del tiempo y de la historia, heredada una vez más de los Padres de la Iglesia (San Agustín y otros). La vida del hombre es un tiempo que tiene su inicio y su final desde el momento de la creación del hombre por Dios hasta la segunda venida de Jesucristo. El acontecimiento que ha separado la historia en dos partes -la antigua y la nueva- fue el nacimiento de Jesucristo, la encarnación de Dios bajo la forma humana. Antes de la creación del mundo el tiempo no existía. El tiempo es un concepto inaplicable a Dios. De Dios no puede decirse “era” o “es” o “será”: Dios es eterno, todo presente e inmutable. Dios no envejece, no cambia.

En los iconos bizantinos y rusos este hecho se hace evidente con tres letras griegas en la aureola de Cristo, dentro de la cual se pinta la cruz. En ruso se traduce por “existente”, el que “ha sido siempre”, “siempre es” y “siempre será”, y hace referencia al nombre de Dios en el Antiguo Testamento: Yahvéh, el Existente. Dios creó el mundo y el tiempo se “inició”. El tiempo se inició y se acabará cuando se produzca la segunda venida de Jesucristo, “cuando el tiempo ya no será más”. De este modo, también el tiempo mismo resulta ser algo “temporal”, algo que pasa. Es como una “piececita” en lo profundo de la eternidad sobre la cual Dios realiza su proyecto, creó a Adán conociendo desde el inicio la suerte de sus descendientes. Y todo acontecimiento de la vida de los hombres es expresión de la omnipotencia de Dios, y de ningún modo resultado de la acción autónoma de los hombres.

El plan divino existe ya en su plenitud, en la cual encuentra lugar todo: el tiempo, la historia, la vida, todos los objetos, todos los hombres, todos los acontecimientos, y todo tiene su lugar bien delimitado. De este modo, la causa de cualquier hecho no se explica en nuestro mundo terrenal, sino que ya existe, pero en otro mundo. Dios es la fuente de todo, de lo que ya ha existido y de lo que aún existirá.

La vida terrenal de la humanidad es un espacio entre la creación del mundo y la segunda venida, es una prueba antes de la eternidad, cuando el tiempo ya no será más. A los que venzan durante esta prueba les espera la vida eterna. Los santos, representados en los iconos antiguos, ya son considerados dignos de esta vida eterna en la cual no hay movimiento ni cambio, en el sentido habitual de estas palabras. Los dedos de la mano derecha que bendicen son un mensaje de un reino que no se encuentra en este mundo. Dedos muy finos, alzados sin ningún esfuerzo ni tensión. No tienen peso, porque en aquel mundo no existe gravedad. La mirada del santo del icono es una mirada de la eternidad. Esta mirada no está oscurecida por las pasiones, y sólo en momentos de lucidez espiritual podemos responder a esta mirada. Y por ello, los ojos que nos miran desde los iconos nos producen tanto temor, y nos inculcan inquietud, temor, esperanza.

Lo que se representa en los antiguos iconos rusos no se somete ni a la localización espacial ni a la temporal. La imagen está fuera del espacio y fuera del tiempo.

He aquí por qué, cuando, en la segunda mitad del siglo XVII, en la iconografía rusa comienzan a aparecer las influencias del arte occidental, esto ha provocado descontento y protestas. La causa no reside en el conservadurismo de la iconografía, sino en el peligro de deformación de la esencia misma y del significado de los iconos. “Pintar como si estuviera vivo” no se admite en los iconos. Es difícil no estar de acuerdo con ello. Los santos se encuentran en otro mundo, en la eternidad, y ya no viven la vida terrenal y efímera, medida por el tiempo y manifestada en los cambios. Esto explica por qué a la iconografía no es plenamente oportuno llamarla arte.

LA LUZ

Al hablar de los iconos, es necesario hacerlo de “una gracia que lleva la luz de Cristo”. En la iconografía ha encontrado su expresión una ciencia ortodoxa, el hesicasmo: Dios es desconocido en su esencia. Pero este Dios se manifiesta con su gracia a través de una energía divina que Él infunde en el mundo. Dios emana luz en el mundo.

Como enseñaba San Gregorio Palamas (1296-1359), Jesucristo es la Luz, y su enseñanza es la iluminación de los hombres. De una forma aceptable para los hombres, esta luz divina fue manifestada por Jesucristo a sus discípulos más próximos sobre el monte Tabor: “... Jesús toma consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los lleva aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. En esto, se les aparecieron Moisés y Elías, que conversaban con él” (Mt 17,1-3).

 La luz de la Trasfiguración sobre el Tabor no era ni sensual ni material, y los apóstoles iluminados por ella eran dignos de ver la no carnal “luz sobrenatural”.

La luz en la ortodoxia, bajo la influencia del hesicasmo, ha adquirido un significado especial y un sentido específico. Todo lo que hay que hacer con Dios está penetrado por un esplendor divino y lleva a la luz. El mismo Dios en su inaccesibilidad e incomprensibilidad es una “oscuridad sumamente clara”.

¿Cómo mostrarlo, aunque podamos usar el lenguaje de los símbolos? ¿Cómo podemos representar este “esplendor blanco como la luz” en la escena de la Trasfiguración? Los pintores de los iconos han intentado hacer lo imposible. Si han tenido éxito, podemos juzgarlo por las imágenes de la “Trasfiguración” que han llegado hasta nosotros.

Las energías divinas han agitado la tierra, y más sutilmente se hacen evidentes los bordes de las colinas del icono, “...una nube luminosa los cubrió con su sombra y de la nube salía una voz que decía: Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle”. Y los apóstoles cayeron por tierra llenos de miedo, tapándose los ojos con las manos.

La figura de Cristo emana una luz increible, que lleva al mundo la gracia y la iluminación espiritual. Sus rayos están diseñados en el icono con pinceladas doradas, que se propagan radialmente desde su Fuente inexplicable.

Es muy interesante comparar las imágenes rusas de la Trasfiguración con las bizantinas. Nos permitirá imaginar más claramente la intensidad de la vida espiritual de la antigua Rusia y la relación de los pintores de iconos con el acto sacramental de la Trasfiguración.

“La gracia que lleva a la luz” se diseñaba en los iconos antiguos con trazos dorados sobre los pliegues del vestido de Jesucristo, y más tarde, sobre las alas de los ángeles y sobre los pliegues de los vestidos de la Virgen. Este esplendor brillante de las líneas doradas creaba un resplandor específico de los iconos, que atravesaba el aire alrededor de ellos. La relación llena de temor del fiel ruso con la llama de la vela viene precisamente de aquí: esta lucecita de la vela es símbolo de la gracia divina que lleva a la luz bajada del cielo.

El hesicasmo (de la palabra griega esiquia = paz, quietud) es también la ciencia del camino de unión con Dios a través de la penitencia: “Purificado por la penitencia y por ríos de lágrimas, yo mismo llego a ser dios a través de una unión inexpresable”. Así escribía un religioso filósofo bizantino, Simeón el Nuevo Teologo (949-1022).

Esto explica una vez más por qué los rostros de los santos en los iconos son símbolos, es decir, rostros de quienes se han encontrado fuera del tiempo: en la eternidad. Y precisamente por ello, los rasgos individuales del rostro -la faz-, que son únicamente atributos casuales de la vida terrenal temporal, se abandonan sólo como signos que no deben ser fijados.

La faz es un rostro liberado de las pasiones mundanas, transformado espiritualmente. Reconocer o distinguir a uno u otro santo sólo es posible según una serie de signos canónicos (libro, vestido, barba, bigote, etc.). Esta serie es una constante iconográfica de su género, repetida sin cambios en toda representación de tal santo en los diferentes iconos de distintas épocas.

De todas maneras, aun cuando los rostros son símbolos de una elevada espiritualidad del hombre, son también los rostros de las personas. Y la misma faz del hombre llega a ser un icono, porque “el hombre ha sellado en sí mismo la imagen de Dios más perfectamente que los ángeles, que son espíritus puros”. El hombre, su carne, su rostro, han sido santificados por Cristo en el gran misterio de la Encarnación. “Dios ha elevado la naturaleza humana, a la que ya había preparado desde antes, como una condición de Su vestido en el cual se ha envuelto a través de la Virgen María”.

Pero los iconos no representan la carne, como lo hacía el arte de la antigüedad pagana. Reproducen sólo aquellos rasgos visibles que expresan las invisibles características del Prototipo, como la humildad, la bondad, la paciencia, la simplicidad y la mansedumbre.

LA TÉCNICA

La iconografía en la antigua Rusia era una cosa sagrada. Por una parte, seguir el canon empobrecía el proceso creativo, en cuanto que la iconografía de una imagen ya estaba creada. Por otra, sin embargo, este hecho obligaba al pintor a poner todo su arte en enfocar la esencia de un paradigma ya pintado. Las tradiciones no tenían que ver sólo con la iconografía, sino también con la elección del material sobre el que se pintaban los iconos, con el material del fondo (imprimación), con el modo de preparación de la superficie de la pintura, con la tecnología de preparación de los colores y con la secuencia de la escritura.

Para pintar iconos en la antigua Rusia se usaba la pintura al temple, preparando los colores con yema de huevo. Los iconos se pintaban sobre todo en tablas de madera. Habitualmente, estas tablas eran de tilo, en el Norte de alarce y de abeto, en Pskov de pino. La tabla se hacía cortando el tronco con el hacha, y se escogía la capa interna, más dura. El proceso era fatigoso y largo.

Sobre la parte frontal de la tabla se hacía una depresión no profunda: el cofre, limitado a los lados de la tabla por los bordes. que se alzaban ligeramente. Para los iconos pequeños se podía usar una sola tabla. Para los grandes se unían varias tablas. El carácter de la cola de pegar, la profundidad del cofre y la longitud de los bordes podían ayudar a menudo a delimitar el tiempo y el lugar de preparación de la tabla para el icono. Los bordes de los iconos antiguos de los siglos XI-XV suelen ser largos, y el cofre es profundo. Los iconos más recientes tienen bordes estrechos, y desde el siglo XIV los iconos se pintaban a veces sobre tablas sin bordes.

Para el fondo se usaba una mezcla de alabastro con cola, preparado con yeso y cola de pescado. La tabla para el icono se lavaba algunas veces con la cola caliente y líquida, una vez encolado el tejido de lino. Tras secar éste, se aplicaba la mezcla de alabastro con cola, en diferentes capas. Su superficie se corregía con cuidado, y también se rectificaba. A veces, sobre la última capa se hacía el relieve. En los iconos antiguos, a partir del siglo XII, a menudo se hacía también el “cincelado” sobre el alabastro dorado. En ocasiones, este cincelado, adornado con diseños, se hacía sobre la aureola. En épocas más recientes, a partir del siglo XVI, para crear un adorno en el relieve, antes de escribir se tallaba el alabastro. Luego se doraba el relieve. Sobre la superficie preparada del fondo se hacía el boceto. Al principio, se realizaba un primer boceto de la representación, luego un segundo, ya más preciso. El primero se hacía tocando delicadamente la tabla con un carbón blando de ramitas de abedul, el segundo con pintura negra o roja.

Algunos iconos se hacían según los “originales” o modelos caligráficos tomados de los iconos que servían de ejemplos. Después se iniciaba el auténtico proceso de pintura. Primero se doraba todo lo que era necesario: los bordes del icono, el fondo, las coronas, los pliegues de los vestidos. Luego se pintaban los vestidos, los edificios, el paisaje. Durante la etapa final de la creación del icono se diseñaba la faz. La representación, una vez acabada, se cubría con un barniz especial -laca- de aceite de linaza. La labor de coloración se hacía de acuerdo con una secuencia bien definida. Primero, las superficies limitadas por márgenes del boceto se cubrían con las capas de color correspondientes, por este orden: el fondo, las montañas, los edificios, los vestidos, las partes del cuerpo descubiertas, la faz. Luego se iluminaban los detalles en relieve de los objetos. Gradualmente, añadiendo blanco al barniz, se cubrían las superficies siempre más pequeñas. Las últimas pinceladas se aplicaban sólo con blanco puro. Para conferir mayor tridimensionalidad a la representación, sobre las superficies oscuras y profundas se daba una capa más suave de barniz oscuro. Tras ella, con líneas delicadas se diseñaban todos los rasgos del rostro y los cabellos.

A continuación, se aplicaban destellos de luz clara en las partes en relieve del rostro: la frente, los pómulos, la nariz, los mechones del pelo, con blanco u ocre mezclado con blanco. Luego el rojo: una capa suave de barniz rojo se aplicaba sobre los labios, las mandíbulas, la punta de la nariz, los lacrimales de los ojos, las orejas. Seguidamente, con un barniz marrón líquido se diseñaban las pupilas de los ojos, los cabellos, las cejas, el bigote, la barba.

Como paradigma para pintar los iconos servían los ejemplos: los “originales”, que contenían indicaciones de cómo se podía pintar una u otra imagen. La pintura al temple exige una técnica virtuosa y una elevada cultura pictórica, a lo que se llega tras muchos años de estudio. La iconografía era un arte inconmensurable. El pintor se preparaba a propósito para crear la “obra iconográfica”.

Este era un acto que permitía entrar en relación con Dios y exigía una purificación tanto espiritual como física: “...cuando pintaba un icono santo, sólo probaba bocado los sábados y los domingos y no se concedía descanso ni de día ni de noche. Pasaba las noches en vela, en oración y adoración. Durante el día, con humildad, simplicidad, pureza, paciencia, ayuno y amor, y sólo pensando en Dios, se dedicaba a la iconografía”.

Los iconos bien pintados se consideraban pinturas de Dios, no del pintor. Se conservan poquísimos nombres de antiguos pintores de iconos rusos, debido al hecho de que, si era Dios mismo quien pintaba con las manos de los pintores, no era oportuno destacar el nombre de la persona de cuyas manos se servía Dios.

Por otra parte, el proceso pictórico se hacía en contacto oculto con Dios, y escribir el propio nombre no era necesario: Dios conoce bien a aquél que, a través de la oración y la humildad, busca representar al Prototipo.

Por desgracia, la laca de aceite de linaza se oscurece con el tiempo, y después de más de ochenta años, la capa de laca del icono se torna negra y cubre casi por completo la pintura. Es necesario “renovar” los iconos. Se creaba otra pintura, la cual, de acuerdo con el pensamiento del pintor, estaba destinada a sacar a la luz lo que permanecía oculto bajo la laca ennegrecida, aunque, a veces, se pintaba una imagen nueva, diferente de la anterior.

EL “RE-DESCUBRIMIENTO” DE LOS ICONOS EN EL SIGLO XX

La vida de un icono no superaba los 100 años. Pasado este tiempo, la imagen se volvía oscura, ya que el aceite de linaza cambiaba de color y, además, el icono se tiznaba con el humo de las velas. En ese momento procedían a renovarlo (sobre el diseño que apenas se veía ponían uno nuevo). En el siglo XX, cuando el proceso de restauración ha alcanzado una cierta perfección, por debajo de la antigua laca han comenzado a aparecer, por sorpresa, colores puros y vivos.

Los iconos rusos sorprendieron al mundo durante la primera exposición de arte antiguo ruso, que tuvo lugar en 1913 en Moscú. Durante ella, se expusieron obras maestras restauradas de las escuelas de Moscú y Novgorod de los siglos XIV-XVI. La belleza de esta dirección artística apenas descubierta era impresionante: resplandecían los colores tersos, sorprendía la originalidad de las novedades en colorido y composición, llena de la sabia percepción del mundo realizada por nuestros predecesores. Era uno de los más bellos descubrimientos del siglo XX. La iconografía eclesiástica rusa se aparecía al mundo como un fenómeno único, con un enorme significado artístico.

En el siglo XX, los restauradores aprendieron el arte de descubrir la pintura antigua, que se conservaba bajo las capas de pintura aplicadas más tarde. Una de las obras maestras devuelta a la vida fue la “Madre de Dios de Vladimir” del siglo XII.

La pintura de esta escuela se había descubierto en los años 1918-1919. La restauración fue dirigida por un grupo de especialistas, a cuyo frente se encontraba A.I. Anisimov. Así es como describe los trabajos I.E. Grabar: “Habíamos considerado esencial que todo fragmento de una u otra época que se encontraba en esta obra maestra debía conservarse con sumo cuidado. Por ello, apartábamos estas capas, bajo las que se encontraban otras aún más antiguas, conservando cuidadosamente las capas removidas. De esta forma, cada época se delimitaba precisamente por sí sola, revelando toda la historia del icono”.

El icono de la Madre de Dios de Vladimir ha vivido una larga y no fácil historia. Fue pintado en Bizancio en el siglo XII. El tipo canónico de este icono se llamaba en Bizancio “Eleusa”, que quiere decir “bondadosa”. En Rusia, “Eleusa” se traducía por “Ternura”, que transmite muy bien el contenido de la imagen. María está llena de una tímida ternura hacia su Hijo, que la abraza delicadamente por el cuello y junta su mejilla a la de ella. Comprendemos los ojos de la Virgen. Mira directamente a la persona que tiene delante. Hay en su mirada una ternura infinita, un dolor infinito y también una eterna pregunta. ¿Cómo soportar esta mirada? ¿Cómo poder entrar en comunicación con la Virgen? Sólo con la humildad y la oración... Así es un auténtico icono. Es el resultado de la más elevada comprensión de la imagen de lo Terrenal y lo Universal, una frontera elevada que, sin embargo, puede ser alcanzada por el hombre.

Esta imagen de la Virgen María no tiene igual en todo el arte mundial. El icono fue llevado de Constantinopla a Kiev hacia el año 1136, pero en 1155 el príncipe Andrei Bogoliubski se lo llevó a Vladimir, de donde toma el nombre (Vladimirskaia). En 1395 fue trasladado a la catedral de la Dormición del Kremlin, en Moscú, pero pronto volvió a Vladimir. Más tarde, en 1480, lo llevaron de nuevo a Moscú, donde aún se encuentra hoy. Este icono ha sido pintado cuatro veces: en la primera mitad del siglo XIII, a principios del siglo XV, en 1514 y en 1896. A la más antigua pintura bizantina del siglo XII se remontan sólo las faces de la Virgen y del Niño y la palma de la mano izquierda. Todo lo demás lo pintaron los maestros iconográficos rusos. Se considera que el pintor que restauró este icono a principios del siglo XV fue Andrei Rubliev.

De este modo, podemos decir, con toda razón, que este icono es bizantino-ruso. Con mayor motivo, por el hecho de que ha servido de ejemplo para muchos iconos rusos, “La Madre de Dios con el Niño” ha llegado a ser el paradigma de imagen canónica de la Madre de Dios de Vladimir.

LOS ICONOS EN EL TEMPLO: EL ICONOSTASIO

El iconostasio es una pared más o menos sin interrupciones que va desde la parte septentrional a la meridional del templo, y en la cual, en un orden delimitado, se colocan los iconos. Esta pared separa el santuario de la parte central del templo ortodoxo. En el iconostasio hay tres puertas. La puerta central, con dos hojas, recibe el nombre de puerta santa, y está prohibido que entre por ella nadie que no sea clérigo. A la derecha se encuentra la puerta meridional, llamada también puerta diaconal, y a la izquierda la puerta septentrional.

Los iconostasios no han estado siempre en la iglesia; en los primeros siglos, el santuario era visible para todos los que rezaban y la única separación consistía en una celosía. Aún hoy la puerta santa muchas veces está adornada por una celosía, y el iconostasio casi nunca llega hasta el techo. Esto es así para que la voz del sacerdote se pueda escuchar en todo el templo.

Contemplemos ahora los iconos. El iconostasio está adornado exclusivamente por diferentes filas de iconos. La fila de abajo. Hay algunos momentos importantes; si se conocen, es sencillo comprender la difícil simbología del iconostasio. Cuando entras en un templo que no conoces, vale la pena mirar las imágenes de la fila de abajo: en ella se encuentran siempre los iconos más grandes. Comencemos por la imagen exterior a la derecha. Es un icono propio del templo, y en él se destaca en honor de qué festividad o a cuál santo se dedica la iglesia en la que te encuentras. En este mismo lugar, a la izquierda, está “el icono del orden local”. Al verlo, sabrás cuál es el santo más venerado en tal lugar, ciudad o país. Al acercarte a las puertas santas, verás sobre ellas los iconos, no muy grandes, de la Anunciación y de los cuatro evangelistas: Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Sobre las puertas santas se encuentra “La Última Cena”: el símbolo del sacramento de la Eucaristía.

A la derecha de las puertas santas hay un gran icono del Salvador; a la izquierda, el icono de la Madre de Dios con el Niño en las manos. Sobre las puertas septentrional y meridional, los arcángeles Gabriel y Miguel. La segunda fila. Veamos los iconos de la siguiente fila. Si la fila más baja nos muestra los momentos más importantes de la enseñanza ortodoxa y las características de la veneración de los santos de aquel lugar, la segunda fila (también llamada orden de la Deesis) es más compleja: el número de iconos es mayor y su tamaño es más pequeño. Toda esta fila simboliza la oración de la Iglesia a Cristo, la súplica que se eleva ahora y que se concluirá en el momento del Juicio Final. En el centro de esta fila (directamente encima de las puertas santas y sobre el icono de la Última Cena) se encuentra el “Spas (Salvador) entre las potencias”. Cristo, sentado en el trono con el libro, está representado sobre el fondo de un cuadrado rojo con los ángulos prolongados (la tierra), de un círculo azul (el mundo espiritual) y de un rombo rojo (el mundo invisible). Esta imagen presenta a Cristo como juez severo de toda la creación. A la derecha se encuentra la imagen de Juan el Precursor, que ha bautizado al Señor; a la izquierda, el icono de la Madre de Dios. No por casualidad la Virgen es intercesora. Se la representa en toda su estatura, mirando hacia la izquierda y llevando un rollo en la mano. A derecha e izquierda de estos iconos están las imágenes de los ángeles, profetas y santos más conocidos, que muestran con su vida la santa Iglesia de Cristo.

La tercera fila. Esta fila recibe también el nombre de “orden de las festividades” o fila histórica: nos muestra los acontecimientos de la historia evangelica. El primer icono de esta fila es la Natividad de la Santísima Virgen María; vienen después la Presentación de la Madre de Dios en el templo, la Anunciación, la Natividad de Cristo, la Presentación de Cristo en el templo, el Bautismo, la Trasfiguración, la Entrada en Jerusalén, la Crucifixión, la Resurrección, la Ascensión, la Venida del Espíritu Santo y la Asunción.

La cuarta fila. Si los iconos de la tercera fila son ilustraciones del Nuevo Testamento, los de la cuarta nos llevan a los tiempos de la Iglesia veterotestamentaria. Aquí están representados los profetas que predicaban lo que habría de suceder: la venida del Mesías, la aparición de la Virgen que dará a luz a Cristo. No por causalidad en el centro de esta fila se encuentra el icono de la Madre de Dios, “la Orante”, que muestra a la siempre pura Virgen con las manos alzadas hacia el cielo en postura de oración y con el Niño en su seno.

La quinta fila. Esta fila se llama el “orden de los patriarcas”. Los iconos de esta fila nos remiten a los acontecimientos más primitivos en el orden del tiempo. Aquí se encuentran las imágenes de los antiguos padres, desde Adán hasta Moisés. En el centro de la fila se encuentra el icono de la “Santísima Trinidad veterotestamentaria”, símbolo del eterno acuerdo de la Trinidad con respecto al sacrificio del Dios-Verbo para la Redención del hombre tras la caída de éste.

La cima del iconostasio la coronan los iconos de la Crucifixión.

Este esquema del iconostasio no se reproduce en todas las iglesias. En los tiempos de la antigua Rusia, el iconostasio de cinco filas era el más común, pero a veces la cantidad de filas podía reducirse hasta una con la necesaria imagen de la Última Cena sobre las puertas santas.

ICONOS DE CRISTO

Los iconos de Cristo ocupan el lugar principal tanto en el templo ortodoxo como en la casa de todo creyente. La imagen canónica de Dios bajo la forma humana fue confirmada en el siglo IX: “...de aspecto bello... con las cejas próximas, los ojos bellísimos, la nariz larga, los cabellos claros, inclinado, humilde, con un bellísimo color de cuerpo, con dedos finos, manso, silencioso, paciente...”.

Los cristianos primitivos imaginaban a Cristo bajo la forma de ángel, de pez, de buen pastor que lleva al cordero sobre sus hombros. Hoy existen dos tipos de imagen del Salvador: 1) como Omnipotente y Juez: como Rey de Reyes; 2) bajo la forma con la cual ha vivido entre los hombres y ha realizado su servicio (también bajo la forma de niño o jovencito). A veces se pueden encontrar imágenes de Cristo bajo la forma de ángel.

Pero si las maneras de representarlo son tan variadas, ¿no será difícil reconocer al Salvador en los iconos? No, es fácil gracias a un detalle: la imagen de Cristo tiene una aureola con la cruz pintada en su interior. ¿Qué es una aureola? Esta palabra se traduce del latín como “nube”, “niebla”, “nimbo”. La aureola es el símbolo de una luz divina sobrenatural, revelada por el Salvador a sus discípulos sobre el monte Tabor: “Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz”. La aureola sobre los iconos del Salvador lleva también una Cruz pintada en su interior. Hay también tres letras griegas, que recuerdan las palabras que Dios dijo a Moisés: “Yo soy el que soy, el Existente”.

Mediante la aureola confesamos en Cristo dos naturalezas: divina y humana. El pintor del icono pinta la faz de Cristo similar a un rostro humano, y con ella confiesa el dogma de que Cristo es “completamente hombre en su humanidad”. La aureola transmite que Cristo es “completamente Dios en su Divinidad”.

En los iconos, Cristo aparece a menudo pintado con el libro, que puede estar abierto o cerrado. El libro abierto contiene una cita del evangelio. El libro puede representarse también bajo la forma de rollo, pero su interpretación simbólica es siempre única: la palabra de salvación con la cual Cristo ha venido al mundo. Contemplemos los vestidos de Cristo. Habitualmente, se representa al Dios-Hombre vestido con un quitón (túnica) de color rojo y un himation (manto) azul.

El color rojo simboliza la naturaleza terrenal y humana del Salvador; el azul, la naturaleza celestial y divina. Habitualmente, sobre el hombro derecho de la túnica puede verse aún una franja oscura cosida a ella: esta franja en el mundo antiguo era signo de noble dignidad. Esta franja sobre los iconos es símbolo de la pureza y perfección de la naturaleza terrenal del Salvador y signo de su especial papel mesiánico.

Los iconos del Salvador tienen seis tipos iconográficos específicos:

1. Spas (el Salvador) no hecho por manos humanas

2. Spas (el Salvador), llamado Pantocrator

3. Spas (el Salvador) en el trono

4. Spas (el Salvador) entre las potencias

5. Spas (el Salvador) llamado Emmanuel

6. Spas (el Salvador) en el silencio

1. Spas (el Salvador) no hecho por manos humanas

 Spas (el Salvador) no hecho por manos humanas fue siempre una de las imágenes más amadas en Rusia. Precisamente esta imagen estaba pintada en las banderas del ejército ruso. Existen dos tipos de esta imagen no hecha por manos humanas: el Salvador sobre el velo y el Salvador sobre la teja. En los iconos de “el Salvador sobre el velo”, la faz de Cristo se representa sobre un velo (sudario), cuyos lados superiores están anudados. La faz de Jesucristo es un rostro de un hombre de mediana edad con rasgos delicados e inspirados, con la barba dividida en dos, los cabellos largos y trenzados en las puntas y con la raya en el medio.

La historia de esta imagen es la siguiente. El Zar de Edesa, Avgar, enfermo de lepra, dirigió al Salvador una invitación para que vieniera a visitarlo. El Salvador no podía salir de viaje para Avgaria. Pero realizó este milagro: se lavó la cara y se la secó con una toalla, en la cual quedó la impronta milagrosa de su faz. En consecuencia, cuando llegó a Edesa el apóstol Tadeo para predicar allí el evangelio, Avgar y los habitantes de Edesa aceptaron el bautismo y se hicieron cristianos. La imagen no hecha por manos humanas fue pegada a una tabla y colocada sobre la cancela de la ciudad.

Sobre la aparición del icono de “el Salvador sobre la teja” habla la siguiente leyenda. Tiempo después, uno de los zares de Edesa se volvió de nuevo al paganismo y la imagen fue ocultada dentro del muro que redeaba la ciudad y el lugar se olvidó. En el año 545, durante el asedio de Edesa por parte de los persas, al obispo de Edesa le fue revelado el lugar donde se encontraba la imagen. Cuando se retiraron los ladrillos, los habitantes de la ciudad vieron no sólo que el icono se conservaba en buen estado, sino también una impronta de él sobre la tablilla de arcilla (teja) que cubría la imagen no hecha por manos humanas.

Sobre el icono de “el Salvador sobre la teja” no se nota el velo, el fondo es liso y a veces se imita la estructura de la teja o bien un simple fragmento de mampostería. En los iconos rusos del Spas no hecho por manos humanas se representa al Salvador habitualmente en actitud serena, con los ojos abiertos. Los católicos dibujan el rostro de Cristo sufriente, a veces con los ojos cerrados, la corona de espinas sobre la cabeza y rastros de sangre. 

2. Spas (el Salvador), llamado Pantocrator

Spas (el Salvador), llamado Pantocrator es otro icono que puede verse en todo templo ortodoxo. Por lo general, el fresco o el mosaico del Pantocrator se encuentra en el centro de la cúpula central de la iglesia. Cristo está cubierto por la túnica y el manto. La faz del Salvador muestra la edad de Cristo cuando predicaba: cabellos largos y lisos sobre los hombros, bigote no muy grande y una barba corta. Con la mano derecha bendice; con la izquierda sujeta el evangelio, que puede estar cerrado o abierto.

3. Spas (el Salvador) en el trono

Spas (el Salvador) en el trono es un icono que guarda mucha relación con el precedente (el libro, la mano que bendice), pero la figura de Cristo se representa siempre sentada en un trono. El trono es el símbolo del Universo, de todo el mundo visible e invisible y, además, es símbolo de la gloria real del Salvador.

4. Spas (el Salvador) entre las potencias

Spas (el Salvador) entre las potencias es la imagen central del iconostasio del templo ortodoxo. También este icono tiene muchas cosas en común con el “Pantocrator” y con el “Salvador en el trono”, pero es diferente por su simbología más compleja. Cristo, con túnica y manto, sentado en el trono y sujetando el libro, aparece sobre un fondo de un cuadrado rojo con los ángulos alargados. El cuadrado es el símbolo de la tierra. En los cuatro ángulos del cuadrado se pueden encontrar las imágenes del ángel (el hombre), el león, el toro y el águila. Son símbolos de los evangelistas (respectivamente, Mateo, Marcos, Lucas y Juan) que llevan la palabra de salvación a todas las partes del mundo. Encima del cuadrado rojo hay un círculo azul: es el mundo espiritual. En este círculo se representan los ángeles, las potencias celestiales (de las que toma nombre la imagen). Por encima del círculo azul aún hay un rombo rojo (símbolo del mundo invisible).

Este icono del Salvador es un auténtico tratado teológico en colores. La iconografía se apoya, sobre todo, en el Apocalipsis del Apóstol San Juan; la imagen muestra a Cristo como aparecerá al final de los tiempos. 

5. Spas (el Salvador) Emmanuel

Spas (el Salvador) llamado Emmanuel es una imagen de Cristo a los doce años. El rostro del Salvador corresponde al texto evangélico: “Cuando tuvo doce años, sus padres subieron, como de costumbre, a Jerusalén, a la fiesta”. Emmanuel se traduce por “Dios con nosotros”. El Cristo adolescente está representado con túnica y manto y un rollo en la mano. Esta imagen es bastante rara.

6. Spas (el Salvador) en el silencio

Spas (el Salvador) en el silencio es un icono de Cristo aún más raro. Si el “Salvador llamado Emmanuel” y el “Salvador no hecho por manos humanas” representan a Cristo tal como estuvo en la tierra, y el “Salvador entre las potencias" así como se le verá al final de los tiempos, el “Salvador en el silencio” es un Cristo antes de su venida a los hombres. Es la única imagen de Cristo en la que en la aureola, en vez de la cruz, hay una estrella de ocho puntas. Esta estrella está formada por dos cuadrados: uno de ellos simboliza la divinidad del Señor; el otro, el misterio de la impenetrabilidad de la Divinidad. Se representa al Salvador con forma de ángel, como un joven con manto blanco de largas mangas. Sus manos se cruzan sobre el pecho, a la espalda tiene dos alas bajadas. El icono transmite la imagen angélica del Hijo de Dios, de Cristo antes de su encarnación, del Ángel de la Gran Asamblea

ICONOS DE LA VIRGEN MARÍA

Con excepción del Salvador, no hay en la iconografía cristiana otro objeto representado con tanta frecuencia y con tanto amor como la faz de la Santa Virgen. En todas las épocas, los pintores han buscado dar al rostro de la Virgen toda la belleza, la ternura, la dignidad y la grandeza que podían imaginar.

La Madre de Dios aparece siempre entristecida en los iconos rusos. Esta tristeza puede estar llena de dolor o llena de luz, pero siempre repleta de sabiduría y de una fuerza espiritual. La Virgen María puede “mostrar” el Niño al mundo con solemnidad, estrechar al Hijo con toda la ternura o bien sostenerlo ligeramente. Está siempre llena de benevolencia, adora a su Divino Niño y acepta con mansedumbre su inevitable sacrificio.

En cuanto mujer casada, la siempre Pura lleva en la cabeza un velo que desciende sobre los hombros, según la costumbre de las mujeres hebreas de su época. Este velo, o paño, se llama en griego maforij. Se pinta sólo de color rojo (símbolo de sufrimiento y memorial de la descendencia real). Los vestidos están pintados en azul, como signo de la pureza celestial de la Virgen, la más perfecta entre los hombres. Otro detalle muy importante del vestido de la Virgen son las bocamangas. Son caracterísstiche también de la vestidura de los sacerdotes; en los iconos nos recuerdan la “concelebración” de la Virgen María (y, con ella, de toda la Iglesia) con Cristo, el Primer Sacerdote.

Sobre la frente y sobre los hombros de la Virgen se pintan tres estrellas doradas. Ornamentos similares, hechos de metal, estaban muy difundidos entre los antiguos. En los iconos, las estrellas se pintan como signo de que María permaneció Virgen antes del parto, en el parto y después del parto. Las tres estrellas son también símbolo de la Santísima Trinidad. En algunos iconos, la figura del Niño Jesús cubre una de las estrellas, simbolizando así la encarnación de la segunda hipostasis de la Santísima Trinidad: el Verbo.

Hay cinco tipos principales de iconos de la Virgen María: “la Virgen que reza”, “la Virgen que indica el camino”, “la Virgen de la ternura”, “La Virgen de toda gracia” y “la Virgen que intercede”.

1. La Virgen que reza” (“la Orante”, “Panagia”, “Signo”)

 Esta imagen ya se encuentra en las catacumbas de los primitivos cristianos. La Madre de Dios está representada de frente, con las manos alzadas a la altura de la cabeza, extendidas hacia los dos lados y con los codos plegados. Desde tiempos antiguos, este gesto indica una actitud de oración a Dios. En su seno, sobre el fondo de una esfera circular, vemos al Spas llamado Emmanuel, el Niño Jesús. Los iconos de este tipo también se conocen como “la Orante” (en griego, “la que reza”) y “Panagia” (en griego, “la santísima”). En la tierra rusa, esta imagen se llamaba también “Signo”, debido a que el 27 de noviembre de 1169, durante el asalto a Novgorod del ejército de Andrei Bogoliubski, los habitantes de la ciudad asediada pusieron el icono sobre la muralla. Una de las flechas atravesó la imagen, y la Virgen se volvió hacia la ciudad, derramando lágrimas. Sus lágrimas cayeron sobre la vestidura del obispo de Novgorod, Juan, que gritó: “¡Insólito milagro! ¿Cómo pueden caer lágrimas de un leño seco? ¡Oh, Reina! Con esto nos das el signo de que estás rezando ante Tu Hijo por la salvación de la ciudad”. Los inspirados habitantes de Novgorod rechazaron al ejército de Súzdal.

En el templo ortodoxo, este tipo de imágenes suelen colocarse en la parte superiore del presbiterio.

2. “La Virgen que indica el camino” (“Odigitria”)

En este icono vemos a la Madre de Dios que indica con la mano derecha al Niño Jesús, sentado en su mano izquierda. Las imágenes son serias, directas; las cabezas de Cristo y de la Virgen María no se tocan. Parece que la Virgen se dirige a todo el género humano diciendo que el verdadero camino es el camino hacia Cristo. En este icono se presenta a María como la que indica el camino hacia Dios y hacia la salvación eterna. También es una de las primeeas representaciones de la Madre de Dios, que, según la tradición, se remonta al primer iconógrafo: el apóstol san Lucas.

En Rusia, los iconos más famosos de este modelo provienen de Smolensk (la Smolenskaia), Tichvinsk (la Tichvinskaia) e Iviersk (la Ivierskaia).

3. “La Virgen de la ternura” (“Eleusa”)

En este icono vemos al Niño Jesús tocando con la mejilla izquierda la mejilla derecha de la Virgen. El icono presenta una relación de la Madre con el Hijo llena de ternura. La Madre de Dios simboliza también la Iglesia de Cristo, por lo que este icono nos muestra toda la plenitud del amor entre Dios y el hombre: plenitud que sólo es posible en el seno de la Madre-Iglesia. El amor une en este icono lo celestial y lo terrenal, lo divino y lo humano: la unión se expresa en los rostros que se tocan y en las aureolas enlazadas.

La madre de Dios, pensativa, estrecha contra sí al Niño: prevé la vía de la cruz y los sufrimientos que esperan a Su Hijo. Entre los iconos de este tipo más venerados en Rusia está el de la Vladimirskaia. Parece que, no por casualidad. este icono ha llegado a ser una de las cosas sagradas más famosa de Rusia. Hay muchas causas para ello: su origen antiquísimo, que se remonta al evangelista san Lucas; los acontecimientos ligados a su desplazamiento de Kiev a Vladimir, y luego a Moscú; las repetidas veces que el icono ha participado en la salvación de Moscú ante los terribles asaltos de los tártaros... Pero también el mismo tipo de representación de la Virgen de la ternura encuentra una especial llamada en los corazones de los rusos. La idea del servicio a la patria, lleno de sacrificios, era muy próxima y comprensible para los rusos y, por eso, el enorme dolor de la Madre de Dios que lleva a Su Hijo a los sufrimientos y crueldades del mundo, estaba en sintonía con los sentimientos de todos los rusos.

4. “La Virgen de toda gracia” (“Panacranta”).

Los iconos de este tipo tienen una característica común: la Madre de Dios está sentada en el trono. En las rodillas tiene al Niño Jesús. El trono simboliza la gloria real de la Virgen, la más perfecta de todas las criaturas de la tierra.

Los iconos más conocidos en Rusia son “la Virgen Potente” y “la Virgen Reina de todo el universo”.

5. “La Virgen que intercede” (“Agiosortisa”)

En los iconos de este tipo se presenta a la Virgen sin el Niño, vuelta hacia la derecha, y a veces con un rollo en la mano. En los templos ortodoxos esta imagen se encuentra en un lugar bien visible, a la izquierda del icono del “Salvador entre las potencias”, la imagen más importante del iconostasio.